Aquí
fue acogido por Gian Galeazzo Caracciolo, marqués de Vico, desterrado de Italia
y fundador de la comunidad evangélica italiana local. Depuesto de nuevo el hábito
y después de una experiencia como "corrector de primera impresión” en
una tipográfica, Bruno adhirió formalmente al calvinismo y fue matriculado
como docente en la
universidad local (mayo de 1579). Ya en
agosto en cambio, habiendo publicado un librito en el cual
se estigmatizaba al titular de la cátedra de filosofía evidenciando
bien veinte errores en los que éste habría incurrido en una sola lección, fue
acusado de difamación y por lo tanto arrestado, procesado y obligado a
arrepentirse bajo pena de excomunión. Bruno admitió su culpabilidad pero tuvo
que dejar Ginebra, no sin conservar
un fuerte resentimiento. Casi por reacción se dirigió entonces a
Tolosa, en aquellos años baluarte de la ortodoxia católica en la Francia
meridional, donde buscó, sin conseguirla, la absolución con
un confesor jesuita, pero pudo conseguir en todo caso un puesto de lector
de filosofía en la
universidad
y por dos años comentó el "De anima" de Aristóteles. En el
1581 dejó también Tolosa, donde se perfilaba un recrudecimiento de las luchas
religiosas entre católicos y hugonotes y se fue a París donde dictó, en
calidad de "lector extraordinario" (los "ordinarios" debían
asistir a misa, cosa que a él estaba prohibida como apóstata y excomulgado) un
curso en treinta lecciones sobre los atributos divinos en Tomás de Aquino. La
noticia del éxito del curso llegó hasta el rey
Enrique III, al que Bruno
dedicó enseguida (1582), su
"De umbris idearum" con el anexo "Ars memoriae" consiguiendo
el nombramiento como "lector extraordinario y remunerado". La
pertenencia al grupo de los "lecteurs royaux" también le permitía
cierta autonomía respecto de la Sorbona, de la cual no dejó de criticar el
conformismo aristotélico. Es éste
un período de gran fecundidad en la producción filosófica y literaria de
Bruno, que
publica en breve sucesión el "Cantus circaeus", el "De
compendiosa architectura et complemento artis Lullii" y "Il Candelaio".
Con el favor del rey se convirtió en "gentilomo" (pero bien pronto
estimado amigo) del embajador de Francia en Inglaterra Michel
de Castelnau, que llegó a Londres en
abril de 1583, y gracias al cual frecuentó la corte de la
"diva" Elisabeth. Continuó aquí
publicando obras importantes: "Ars reminiscendi", "Explicatio
triginta sigillorum" y "Sigillus sigillorum" en único volumen y
enseguida la "Cena delle ceneri”,
"De la causa, principio et uno",
"De infinito, universo et mondi" y
"Spaccio della bestia trionfante". Al
año siguiente, siempre en Londres, dio a la imprenta “La cabala del cavallo
pegaseo" y "Degli eroici
furori”. Esta última obra, al igual que el “Spaccio” es dedicada a sir Philip
Sidney, sobrino de Robert Dudley conde de Leicester. Algunos de
estos textos reflejan las polémicas con la universidad de Oxford y con una
parte de la aristocracia inglesa. En contacto con la famosa universidad
oxoniense, empujado por la impetuosidad de su carácter, durante un debate puso
en dificultades, sin mucho tacto, a un estimado docente: John Underhill, y se
volvió así antipático
a una parte de sus colegas que no dejaron de manifestar enseguida su animosidad.
Obtenido en efecto, después de algunos meses, el encargo de dictar una serie de
conferencias en latín sobre cosmología,
en las que defendió entre otras las teorías de Nicolás
Copérnico sobre el movimiento de la Tierra, fue acusado
de haber plagiado algunas obras de Marsilio Ficino y obligado a
interrumpir las lecciones. Pero más allá de los resentimientos personales,
entraban en conflicto con el clima cultural y religioso de Inglaterra de aquel
tiempo algunas ideas de fondo de Bruno, como justamente su cosmología y su
antiaristotelismo. El episodio del día de las cenizas del 1584, 14 de
febrero, es significativo: Bruno había sido invitado por el aristócrata inglés
Sir Fulke Greville a exponer sus ideas sobre el universo. Dos doctores de Oxford
presentes, en vez de oponer argumento a argumento, provocaron una encendida
disputa y usaron expresiones que Bruno consideró ofensivas, al punto de
inducirlo a despedirse del anfitrión. De este hecho nació “La cena
delle
ceneri", que contiene agudas y no siempre diplomáticas
observaciones sobre la realidad inglesa contemporánea, atenuadas luego por la
reacción de algunos que se sentían injustamente implicados en tales juicios,
en el siguiente "De la causa, principio et uno." En los dos diálogos
italianos, Bruno contrasta la cosmología geocéntrica de corte aristotélico-tolemaico,
pero también supera las concepciones de Copérnico, integrándolas con la
especulación del "divino Cusano". Sobre
la estela de la filosofía de Cusano, en efecto, el Nolano imagina un cosmos
animado, infinito, inmutable, dentro del cual se agitan infinitos mundos
parecidos al nuestro. De nuevo en Francia, luego del regreso de De
Castelnau, Bruno se ocupó de un reciente
descubrimiento de Fabricio Mordente, el compás diferencial, para presentar el
cual escribió - por invitación del inventor - un prefacio en latín en cuya
redacción prevalecían de tal forma las aplicaciones que Bruno hacía del
instrumento para avalar sus tesis filosóficas sobre el límite físico de la
divisibilidad, que oscurecían o reducían a un hecho mecánico la invención. Ofendido,
Mordente se apresuró a comprar todas las copias disponibles y las destruyó.
Bruno reavivó la polémica
publicando un diálogo de tono sarcástico titulado "Idiota triumphans seu
de Mordentio inter geometras deo" que indirectamente hizo más difícil su
permanencia en París, por ser
Mordente un católico ligado a la facción del duque de Guisa, que en
poco tiempo
habría alcanzado lo máximo de su parábola ascendente, mientras que
Bruno reafirmaba su fidelidad a Enrique III. Reacciones negativas
suscitaron pronto en Cambray las tesis fuertemente antiaristotélicas
contenidas en el opúsculo "Centum et viginti articuli de natura ed mundo
adversos peripateticos" discutidas en nombre del maestro por su discípulo
J. Hennequin. La intervención crítica de un joven abogado que Bruno sabía
pertenecía a su misma tendencia política, convenció al filósofo nolano de
que la permanencia en París no era ulteriormente posible. De nuevo vagabundo
por Europa, Bruno arriba en
junio de 1586 a Wittemberg, en Alemania, donde enseña por dos años en
la universidad local como "doctor italus", al término de los cuales
se despide
(también por el predominio en la ciudad de la tendencia calvinista) con
una "Oratio valedictoria" con la que agradece a la universidad por
haberlo acogido sin prejuicios religiosos. La oración también contiene una
calurosa alabanza a Lutero por su
coraje al oponerse
al superpoder de la Iglesia de Roma, lo que tiene gran valor como defensa de la
libertad religiosa, pero no reniega de sus convicciones críticas
acerca de la doctrina luterana detectables en otras obras (especialmente
"Cabala" y "Spaccio"). Los "heroicos furores"
parecían a Bruno incompatibles con la paulina teología de la cruz.
Después de una breve estadía en la Praga de Rodolfo II,
al que dedicó los "Articuli adversos mathematicos", al final de 1588
se dirige a Helmstedt donde, para poder enseñar en la local "Accademia
Iulia" adhiere al luteranismo. Pero los problemas de fondo permanecen: no
había pasado aún un año cuando fue excomulgado por el
pastor local Gilbert Voet
por motivos no bien aclarados y que Bruno sostuvo que eran de naturaleza privada.
Fue
en esta
ciudad sin embargo que fueron publicadas gran parte de las obras llamadas
"mágicas": "De magia”, “De magia mathematica", "Theses
de magia", etc. El 2 de junio de 1590 Bruno llega a Francfort donde pide
pero no obtiene el permiso de residencia y permanece precariamente hospedado en
un convento de carmelitas. Publicados tres poemas latinos, (De triplice minimo,
De mónade, De innumerabilis) , y después de algunos meses de permanencia en
Zurich donde dicta lecciones de filosofía, vuelve a Francfort donde en la
primavera del 1591 recibe dos cartas del aristócrata
veneciano Giovanni Mocenigo que lo invita a Venecia para que le enseñe
el arte de la memoria. Los motivos por los que Bruno se
decidió a aceptar la invitación, con todos los riesgos que implicaba
un regreso a Italia, son debatidos todavía entre los estudiosos.
Probablemente con razón, Michele Ciliberto está convencido de que convergieran
en esta elección una pluralidad de causas. Excomulgado por las iglesias
reformadas tanto como por la católica, en ruptura con ambientes puritanos y con
la facción entonces dominante en Francia, era aislado e indeseado a nivel
europeo. Tenía confianza en la tradicional autonomía de la República véneta
(donde de hecho sobrevivían círculos aristocráticos orientados en sentido
"liberal") con respecto al papa, y aspiraba a la cátedra de matemáticas
de la universidad de Padua, entonces vacante, que más tarde sería
de Galileo Galilei. A estas consideraciones,
además, Ciliberto añade otra, directamente vinculada con los últimos logros
de la filosofía del Nolano: una suerte de fuerte autoconciencia, de vocación
en un sentido reformador, casi como si se sintiese “un Mercurio enviado por
los dioses”
para aclarar las tinieblas del presente. Una
cosa Bruno no había previsto –nota Filiberto- : "qué clase de hombre
era Mocenigo" (Giordano Bruno, op.cit. pág. 259 ). Como quiera que sea, a
fines de marzo de 1592 el inquieto peregrino llega a casa de Mocenigo
en Venecia. Después de algunos meses el patricio veneciano, tal vez
insatisfecho en su expectativa de extraordinarias técnicas mágico-mnemónicas,
quizás también molesto por el carácter independiente de Bruno, que mal
se adaptaba a la condición de "famiglio" (siervo),
especialmente de una persona tan ignorante y presuntuosa,
(se aprestaba entre otras cosas a ir a Francfort para hacer imprimir
libros y continuaba esperando una cátedra en Padua), contraviniendo
las más elementales reglas de la hospitalidad, encerró a Bruno en sus
habitaciones y lo denunció a la Inquisición
local afirmando haberlo oído
proferir blasfemias y frases heréticas. Después de un par de meses, sin
embargo, el proceso , que había sido iniciado enseguida, se presentaba
bastante favorable a Bruno, que se había defendido sosteniendo
haber formulado hipótesis filosóficas y no teológicas y que por cuanto
concernía a las cosas de fe se remitía plenamente a la doctrina de la Iglesia,
pidiendo perdón por alguna frase desconsiderada que pudiera haber pronunciado.
Además tuvo atestaciones favorables o por lo menos no hostiles de parte de
muchos testigos del patriciado véneto. Cuando todo hacía esperar
una próxima absolución, al improviso llegó
de Roma la solicitud de traslado del proceso al tribunal central del S.
Oficio. La primera respuesta del senado, celoso custodia de la autonomía de la
Serenissima, fue negativa, pero tras las insistencias vaticanas, en la
consideración de que el inquirido
no era ciudadano veneciano y que su proceso se había iniciado antes de
su llegada a la ciudad lagunar (se hacía referencia a los hechos del 1575) llegó
al final el “nulla-osta” y en
febrero de 1593 el peregrinar de Bruno acabó en una celda del nuevo
edificio del S. Oficio, hecho construir por Pio V
en las cercanías de Porta
Cavalleggeri. Del proceso, que se prolongó por bien seis
años y durante el cual por una vez al menos se recurrió con toda probabilidad
a la tortura, nos queda un "sumario", hallado extrañamente en el
archivo personal de Pio IX y publicado por A. Mercati en
1942. Se trata casi seguramente de una síntesis compilada para uso de
los jueces, que les permitía tener una visión de conjunto que no era fácil
lograr en el
gran fárrago de documentos originales. Un fundamental estudio de este extracto se
incluye en el libro de L. Firpo "Il processo di Giordano Bruno", Nápoles,
1949, al cual me remito por los detalles dramáticos y significativos del
intrincado procedimiento que, además de proveer numerosos datos sobre la vida
de Bruno, muestra el progresivo resquebrajamiento de su tesis defensiva
entre el plano filosófico (en el cual afirmó haber solamente especulado)
y el teológico, que no le interesaba. Decisivo al respecto fue el ingreso en el
tribunal en 1597 del teólogo
jesuita Roberto Bellarmino, llamado a examinar los
actos procesales y sobre todo las obras impresas para dilucidar
su contenido heterodoxo. Cuando el Nolano, que
durante el proceso había tratado de disimular, atenuar y a veces hasta
aceptado repudiar algunas de sus posiciones en más abierto conflicto con la
doctrina católica, se encontró frente a la necesidad - para salvarse - de
rechazar en bloque sus ideas, juzgadas radicalmente incompatibles con la
ortodoxia cristiana, se obstinó en un firme y desdeñoso
rechazo,
y fue el fin. El
20 de enero de 1600 Clemente VIII, considerando ya
probadas las acusaciones y rechazando la solicitud de ulterior tortura
presentada por los cardenales, ordenó que el acusado, "herético
impenitente, pertinaz, obstinado", fuera entregado al brazo secular. Eso
significaba -a pesar de la presencia en la sentencia de la usual hipócrita fórmula
que invocaba la clemencia del Gobernador- la
muerte en la hoguera. EL 8 de febrero la sentencia fue leída en la casa
del Cardenal Madruzzo y fue entonces que Bruno, como un atendible testigo
presencial (Schopp) refiere, se
volvió hacia los jueces y pronunció la famosa frase: “Tal vez tenéis más
miedo vosotros que emanáis esta
sentencia que yo que la recibo". El siguiente jueves
17 de febrero de 1600 - año santo - fue conducido a
Campo
de’ Fiori
con la lengua “in giova", es decir con una mordaza que le impedía
hablar y allí, desnudo
y atado a un palo, fue quemado vivo
apartando ostentosamente la mirada de un crucifijo, del cual estaba
compartiendo la suerte pero que le querían hacer aparecer como verdugo. Había
puesto en
práctica y desafortunadamente experimentado sobre su piel una
consideración hecha muchos años antes: "De donde importa el honor, la
utilidad pública, la dignidad y perfección del propio ser, el cuidado de las
leyes divinas y naturales,
no te mueves por terrores que amenazan muerte". (Dialoghi Ital., G.
Gentile Florencia 1985, pp. 698-99.). En el sumario del proceso están
consignados los cargos (24) pero no los que se consideraban probados en la
sentencia, que sin embargo son así referidos referidos por Schopp,
de memoria:
1. Negar la transustanciación;
2. poner en duda la virginidad de María; 
3. haber permanecido en país de herejes, viviendo a su modo;
4. haber escrito contra el papa el "Spaccio della bestia trionfante";
5. sostener la existencia de mundos innumerables y eternos;
6. afirmar la metempsicosis y la posibilidad de que un alma sola informe dos
cuerpos;
7. considerar la magia buena y lícita;
8. identificar el Espíritu Santo con el alma del mundo;
9. afirmar que Moisés simuló sus milagros e inventó la ley;
10.declarar que la sagrada escritura no es sino un sueño;
11.considerar que hasta los demonios se salvarán;
12.creer en la existencia de los preadamitas;
13.aseverar que Cristo no era Dios sino un embustero y un mago y que con
justicia fue ahorcado;
14.afirmar que también los
profetas y los apóstoles fueron magos y que casi todos tuvieron mal fin.
DiDe estos errores, el
cuarto resulta abiertamente infundado ya que el "Spaccio" es más bien
antiluterano que antipapista; las vulgares invectivas contra Cristo, los
profetas y los apóstoles de los nn. 13 y 14 son evidentemente ecos de desahogos
coyunturales de una persona exasperada. Donde el contraste con la institución
aparece insalvable es más bien con el núcleo central de la doctrina de Bruno,
delineado en los puntos 5, 6 y 8. No es el caso aquí de profundizar en el
sistema filosófico del Nolano, pero el sólo pensar que la Tierra, de centro de
un limitado universo, objeto específico y privilegiado
de la acción creadora de Dios, se convirtiera en un minúsculo puntito en un
universo infinito y entre mundos infinitos; que
tal universo es invadido y
vivificado por un espíritu divino inmanente; que en el
continuo transformarse de la vida, las
almas, inmortales, informan cuerpos diferentes, etc., hacía que las Escrituras,
Cristo, la Virgen, los profetas y las dogmas aparecieran como imperfectas
sombras de una realidad que la filosofía mostraba mucho más grande, y que a lo
sumo servían para mantener
tranquilos a los pueblos. Probablemente las ideas de Bruno no habrían
logrado nunca llegar a las masas, ni provocar cismas lejanamente comparables al
luterano; pero en definitiva se trataba, en cierto sentido, de una tentativa de
reemplazar por una nueva "suma" del
universo, la tradicional de S. Tomás. Y éste
fue considerado un peligroso ejemplo, un atentado contra la supremacía de la
teología sobre la filosofía, de la religión sobre la razón.
|