La locura de
Giordano Bruno
Prof.
Richard W. Pogge, Ohio State University
La
locura de trocar una paradoja en un descubrimiento, una metáfora en una prueba,
un torrente de palabras en una fuente de verdades capitales y a uno mismo en un
oráculo, es innata en nosotros.
Paul
Valéry, 1895
Filippo Bruno (1548 - 1600) nació en Nola, cerca de Nápoles. Tomó el nombre de Giordano al entrar en la orden Dominica, fue educado en la tradición Aristotélica y Tomista y finalmente abrazó un Neoplatonismo místico conjugándolo con ideas embebidas del interés, resurgente en aquel tiempo, por las obras apócrifas de Hermes Trimegisto. Sus creencias heterodoxas atrajeron pronto la atención de la Inquisición, primero en Náploes y luego en Roma. Para evitar la persecución, renunció a los votos dominicos y huyó de Italia en 1576. Entre 1576 y 1591 viajó a lo largo y a lo ancho de Europa, escribiendo y enseñando bajo la protección de varios señores. En 1591 fue invitado a Venecia para ser maestro de un nuevo mecenas el cual, al poco tiempo lo denunció a la Inquisición. Fue enviado a Roma en 1592, donde fue procesado e interrogado con varias interrupciones, durante ocho años. Impenitente, fue condenado por herejía por la Inquisición y quemado en la hoguera en piazza Campo dei Fiori en Roma en 1600. Entre sus escritos, que cubren una amplia gama de temas, para nosotros hoy de interés exclusivamente académico (principalmente Neoplatonismo, Hermetismo y Panteísmo en una mezcla decididamente mística), figuran una exposición del Copernicanismo y la afirmación de que las estrellas son una infinidad de soles como el nuestro, cada uno rodeado de mundos habitados por seres inteligentes como nosotros.
En relatos populares de la vida de Bruno a menudo se ha afirmado que fue condenado por su Copernicanismo y por su convicción acerca de la existencia de vida en otros mundos. Fue rescatado como un mártir del libre pensamiento y un hostigado precursor de las modernas teorías sobre el universo, seguido por toda Europa por la Inquisición a causa de sus ideas, hasta pagar el precio más alto en su nombre, con una ardiente y pública muerte. Estos relatos no obstante, descuidan a menudo dos aspectos fundamentales del caso Gordano Bruno, que permiten afrontar la cuestión bajo una luz ligeramente diferente. El primero pone en duda que se pueda relacionar a Bruno con la historia de la Astronomía y de la llamada "Revolución científica", y el segundo sugiere una lectura de la innegable tragedia de su vida, que lo hace un poco menos símbolo pero, en compensación, lo humaniza más.
El punto clave del estudio de la vida de Bruno es que nosotros no conocemos hasta hoy, los motivos de su condena por herejía, por el simple hecho de que los archivos se han perdido. Completamente diferente sería , más tarde, el caso del proceso de Galileo, del cual tenemos una exhaustiva documentación, incluidos los falsos que cumplieron un rol importante en su caso. En el caso de Bruno debemos buscar indicios en citas de contemporáneos y en el examen de sus escritos.
A excepción de algunos textos particulares que hoy encienden nuestro interés, mucho de su trabajo tenía poco que ver con la astronomía. En efecto, Bruno no era un astrónomo y demostró un conocimiento muy aproximativo de la materia en lo que escribió. El argumento de su De l'Infinito Universo et Mondi no es el Copernicanismo sino el Panteísmo, tema desarrollado también en Le Ombre delle Idee. Se tiene la impresión de que su personal cosmología haya influenciado su exposición de Copérnico, y no viceversa. Muchas de sus reflexiones eran de naturaleza teológica y constituían un pasional ataque frontal a las bases filosóficas de las enseñanzas espirituales de la Iglesia, especialmente en cuanto a la naturaleza de la salvación del hombre y la supremacía del alma (en términos modernos, él contrapuso al énfasis espiritual de la Iglesia, un imperdonable e inmanente materialismo). El Copernicanismo, que no entendió en lo asbsoluto, no colocaba la materia en el centro de las propias tesis. Esto sugiere que la controversia entre la Iglesia y Bruno era de naturaleza teológica y no astronómica.
Una ulterior confirmación de que el copernicanismo jugó sólo un rol menor en su condena, nos viene de las relaciones de aquel tiempo sobre la discusión de esta teoría. Muchos conocidos relatos parecen indicar que la Iglesia no condenó formalmente al Copernicanismo sino después de la muerte de Bruno. Mientras el Copernicanismo fue un tema de discusión y controversia en los tiempos de Bruno, pocos astrónomos lo sostuvieron en el 1600, y la misma Iglesia no expresó una opinión oficial sobre el asunto hasta 1616. En esa fecha, las observaciones telescópicas de Galileo (de 1610 en adelante) habían cambiado completamente el panorama intelectual, y sólo entonces la Iglesia se vio obligada a intervenir en una controversia en rápida evolución. El problema saltó al primer plano con la publicación de un libro de Paolo Antonio Foscarini (1565 - 1616), que defendió el Copernicanismo contra los ataques de monjes predicadores ambulantes que sostenían su carácter de inconciliable con las Sagradas Escrituras, tratando el problema en términos teológicos, de modo que la Iglesia no pudo ya ignorarlo.
Si hubiese sido el Copernicanismo el motivo fundamental de la ejecución de Bruno como hereje en el 1600, esta doctrina habría sido proscripta oficialmente ya en aquel tiempo. Es interesante además notar que uno de los inquisidores que condenaron a Bruno fue el teólogo jesuita Roberto Bellarmino (1542 - 1621). Se trata del mismo cardenal Bellarmino que, al frente del Collegium Romanum en 1616 sería encargado por parte del papa Paolo V de examinar el Copernicanismo en el caso Foscarini y que en el mismo año exhortaría a Galileo en una audiencia privada a no defender ni sostener la teoría (los detalles de lo que fue dicho o no dicho en aquella audiencia constituirían la base de las acusaciones a Galileo en el proceso por herejía de 1633). Bien, en ninguno de los escritos de Bellarmino sobre el tema en 1616 se menciona el precedente caso Bruno.
Además, el Copernicanismo no había sido aún proscripto como doctrina específicamente herética en 1616. Después del examen de Bellarmino, el De Revolutionibus de Copérnico y el libro de Foscarini (entre otros) fueron incluidos en el Indice dei Libri Proibiti, y el primero permaneció en el índice hasta que fueron efectuadas específicas, mínimas revisiones (fueron borradas algunas palabras y cortados algunos pasajes, dejando sin embargo, en el conjunto, intactas las ideas de fondo). Una intervención oficial para ponerse a resguardo, pero aún muy lejos de una condena definitiva del Copernicanismo en general. De hecho, fueron publicadas copias del De revolutionibus en Italia después de 1616 (naturalmente con las antedichas modificaciones) y la situación era talmente ambigua que Galileo se sintió libre de proseguir su trabajo hasta el proceso de 1633. si Bruno hubiese sido ajusticiado por herejía sobre la base del Copernicanismo, no habría habido espacio para la duda sobre lo que la Iglesia pensaba al respecto. La condena final no fue dictada hasta 1664, cuando el papa Alessandro VII emitió una bula papal al Indice, con la condena específica de la idea del heliocentrismo en general, prohibiendo explícitamente "todos los libros en los cuales se afirma el movimiento de la Tierra". La condena final, pero no la palabra final. Los dos años sucesivos fueron en Inglaterra los "Años del castigo divino", durante los cuales Isaac Newton, en licencia de Cambridge, desarrolló sus fecundos estudios de cálculo, óptica, mecánica y gravedad.
El segundo aspecto a menudo descuidado de la vida de Bruno, se refiere al periodo de su exilio entre 1576 y 1591. Los suscintos, comunes relatos cuentan los acontecimientos desnudos de sus peregrinaciones a través de Europa, pero lo que no se dice es que sus vagabundeos parecen debidos, más que a la Inquisición, a su difícil personalidad. Apenas Bruno cobraba éxito por algún tiempo, encontrando protectores poderosos y comprensivos, invariablemente hacía algo para alejar sus simpatías o para ofenderlos, habitualmente poco después de haber entrado a su servicio. La Inquisición tuvo poco que ver con él: una vez abandonada Italia estuvo al seguro, fuera de su alcance. Esto fue particularmente verdadero durante el periodo transcurrido bajo la protección del Embajador de Francia en la Inglaterra protestante (1583 -85), durante el reinado de la reina Elisabeth I, y durante su peregrinaje por la Alemania protestante.
Un examen de sus movimientos durante este periodo de exilio muestra claramente que casi todas las desventuras se abatieron sobre él sin el concurso de la Inquisición. Ofendió a la Facultad de Oxford con sus conferencias, estuvo implicado en violentas disputas sobre cuestiones banales, y en general logró siempre alejarse la simpatía de aquellas personas que más podrían haberlo protegido. Sus acciones durante este periodo revelan la marca inconfundible de la locura, vale decir la incapacidad absoluta de actuar en su propio interés, hasta cuando tenía a disposición alternativas razonables. Su regreso final a Italia (que culminó un año después con su arresto en Venecia) puede haber sido motivado en parte por el hecho de que en 1591 había definitivamente quemado la mayor parte de los puentes tras de sí, y tenía ya poca elección. De todos modos, Bruno se arrojó solo a las llamas que tiñeron de rosa los cielos invernales de Campo de' Fiori el 17 de febrero de 1600.
Bruno era brillante, polémico, y en definitiva, autodestructivo. No hay nada en sus escritos que haya contribuido en modo sustancial al conocimiento de la astronomía: de hecho sus obras astronómicas revelan un conocimiento limitado de la materia en diversos puntos importantes. Yo pienso que la atención que hoy le dispensamos se debe en buena medida al hecho de que, entre otras cosas, fue portavoz (pero aparentemente en esencia no entendió) del Copernicanismo, una idea que debía convertirse en la piedra angular de nuestra visión del mundo. Además su De l'Infinito Universo et Mondi gusta hoy a mucchos por su aparente concordancia con la convicción, profundamente afianzada, de que hay vida en otras partes del Universo, no obstante el hecho de que los defensores de la vida extraterrestre encontrarían pocas cosas interesantes en sus difíciles páginas. Además contribuye a su mito el hecho de que tuvo un final espectacular y violento, aparentemente como castigo por estas sus ideas de parte de las autoridades dominantes de su tiempo. En definitiva, Bruno apostó al caballo vencedor (aunque tal vez por motivos discutibles) y así se convirtió en una especie de héroe de la cultura en lugar de una nota a pie de página en los libros de la filosofía del Renacimiento. ¡La historia es así de ridícula, a veces!
Sources:
Broderick, James, 1961, Robert Bellarmine, Saint and Scholar (Westminster, MD.: Newman Press)
di Santillana, Giorgio, 1955, The Crime of Galileo (Chicago: Univ. of Chicago Press)
Singer, Dorothea Waley, 1950, Giordano Bruno, his Life and Thought. (New York: Schuman) [contains an annotated translation of On the Infinite Universe and Worlds]
van Helden, Albert, 1995, Giordano Bruno, hypertext biography as part of the Galileo Project.
White, Andrew Dickson, 1896, The Warfare of Science with Theology in Christendom (New York: D. Appleton & Company), 1978 reprint.
Yates, Frances, 1964, Giordano Bruno and the Hermetic Tradition (Chicago: Univ. of Chicago Press)
Fanatismo científico
por Guido del Giudice
A Bruno, discípulo de Erasmo, no le habría disgustado ser tratado de “loco”, pero la suya era ciertamente una locura distinta de la de los pedantes como este profesor Pogge. Miren lo que dice el Nolano en mi diálogo imaginario con él:
“Me trataban de loco
pero, como enseña el docto Erasmo, los hombres son todos un poco locos.
El sabio es consciente de esto y se mantiene anclado a la realidad, aceptándola
con ironía; los pedantes y el vulgo no se dan cuenta y se convierten en
personajes de comedia, ridículos en su presunción y ceguera. ¿Qué cosa si no
la locura empuja a los gramáticos, ceñudos y altisonantes desde sus cátedras
a sentirse tan importantes, o a los teólogoss con sus finísimas sutilezas y la
cabeza saturada de mil ridículas fruslerías a considerarse los depositarios de
la verdad?
Similar al fanatismo religioso es el de los científicos, que pretenden valorar a los hombres en función de la adhesión a teorías y fórmulas, abstrayéndose del mundo físico e intelectual. Y el “loco” Bruno, hasta Pogge deberá reconocerlo, odió y combatió siempre los fanatismos, de cualquier parte que vinieran.
Edouard Schuré,
ya hace más de un siglo escribía: “La
peor enfermedad de nuestra época es que ciencia y religión se presentan como
dos fuerzas enemigas y antitéticas. (…) La Religión sin pruebas y la Ciencia
sin esperanza se confrontan y se enfrentan en un desafío sin vencedores.”(2)
Pogge focaliza su crítica en dos puntos:
1) La crítica a Bruno como astrónomo Copernicano, a través de la demostración de que su condena no fue debida a motivos “científicos” sino teológicos. Como si el ser quemados con la acusación de Copernicanismo diese una aureola de martirio que una común condena por herejía “teológica” no puede dar.Los mismos argumentos a propósito son discutibles en cuanto, el hecho de que el Copernicanismo no hubiera sido aún proscripto oficialmente en el tiempo de Bruno, no significa que ya entonces las ideas al respecto no fuesen juzgadas heréticas. Pogge se mueve desde el presupuesto de que refutar la competencia astronómica de Bruno en materia de Copernicanismo equivalga a refutar su grandeza y su influencia sobre el pensamiento moderno. Pero es exactamente lo contrario. Bruno iba más allá: aun declarando la propia admiración por Copérnico, le reprocha el no haber entendido las excepcionales perspectivas infinitistas de su teoría.
Escuche, Prof. Pogge, las palabras de una verdadera, competente estudiosa del pensamiento de Bruno:
“Si
bien es indudable que tales avances de la ciencia son presentados en Bruno a
nivel de una profecía aún sólo vagamente comprendida y no bien definida, el
simple hecho de que hayan emergido del
pensamiento de un filósofo en un periodo en el cual, a los más altos niveles
de la cultura europea se dudaba todavía de pronunciar el nombre de Copérnico,
es, desde un punto de vista histórico, un evento notable. El desarrollo y la
extensión de la teoría copernicana, que de por sí no iba originariamente más
allá de una tentativa de redefinir las posiciones y los movimientos relativos
de los planetas en nuestro sistema solar en la visión unificada de un universo
de dimensiones infinitas; la elaboración de una teoría de la materia a partir
de la existencia de leyes naturales inteligibles válidas en la extensión de
todo el universo; la tentativa aún más incierta
de elaborar una epistemología que consintiese unainteracción entre la mente y
la naturaleza de tipo práctico y técnico: son estosss los resultados
alcanzadoss por Bruno y culminados, en las últimas páginas de la trilogía de
Francfort, en la expresión de la convicción
de estar en el umbral de una nueva era que llevaría a una más plena
comprensión y a un mayor dominio
frente al mundo de la naturaleza.”(3)
¿Entendido? Lo que para usted es un simple “apostar al caballo vencedor”, fue en realidad una profunda, inspirada intuición de los logros más avanzados de la ciencia moderna. Sólo intuición, es verdad, con métodos y conocimientos aún inciertos y aproximativos, pero por esto mismo reveladores de la grandeza del personaje. Le aconsejo de todos modos profundizar en el conocimiento de las obras de Bruno (pienso que usted haya leído, tal vez, De l’infinito universo et mondi): evitará así hablar de De Umbris Idearum como de un obra sobre el panteísmo!
Giordano
Bruno, ¿una alucinación colectiva?
por Claudio D’Antonio
Desde hace muchos años, las obras de este monje dominico son objeto de estudio por parte de eminentes académicos en todo el mundo, pero los resultados deben ser muy escasos si un ilustre profesor de la Ohio State University llegó a la conclusión de que probablemente se trataba simplemente de un enfermo mental, por lo cual intitula su artículo: “La locura de Giordano Bruno”. No hay evidencia de que él tuviese algún conocimiento de primera mano del Copernicanismo, por lo cual su presunta influencia sobre la formación del pensamiento moderno no estaría seriamente fundada, y sus opiniones religiosas serían sólo un panteísmo místico, por lo cual las llamas que lo quemaron no provocaron después de todo una gran pérdida a la humanidad. No obstante esta visión pueda parecer brutal a un alma sensible, si Bruno fue de veras lo que normalmente se cree, o sea un presunto filósofo de limitada originalidad, parecería realmente que su único mérito fue la aceptación del martirio para convertirse en un punto de referencia del anticlericalismo juvenil.
La
invención de Giordano Bruno: el lenguaje para pensar por imágenes
Pero puede también suceder que el grupo de sus admiradores tenga una buena razón para sostener la grandeza de Giordano Bruno, que perciben hasta aquellos que no consiguen aferrarla. En efecto, de la aparente locura extraemos un poderoso método, que él definió el Arte de las Artes, que es el Arte de pensar, o Método de la Inteligencia Artificial. Continuando la tradición del Arte de la Memoria, heredada de la antigüedad clásica, y los estudios sobre Lógica y Dialéctica que habían alcanzado grandes progresos gracias a Pietro Hispano y Ramón Lull, Bruno realizó una síntesis que consiste en un lenguaje para pensar, hecho de imágenes, en sustitución de la tradicional lengua para comunicar, hecha de sonidos. En los libros escritos en latín –la lengua de los científicos hasta hace un par de siglos, así como lo es el inglés hoy- expone las reglas de la gramática y de la sintaxis de este lenguaje que Leibniz llamó “lingua characterística”, o sea compuesta de imágenes, de la palabra griega “carattere” (imagen). El uso de imágenes en vez de sonidos da evidencia y claridad a los procesos mentales, estimula la memoria y transmite una cantidad de informaciones que el sonido no puede contener. Tratándose de libros científicos, son de difícil lectura porque contienen muchos neologismos y el objetivo de la búsqueda no aparece bastante evidente al lector moderno. Bruno inserta ya en el título de sus escritos la indicación de las “artes” -nosotros las llamaremos más bien técnicas- que expondrá. Sus nombres son bien conocidos a quienes al menos una vez en la vida han abierto un libro de retórica. Ordo et Dispositio, que son el orden en que serán tratados los temas, Iudicium que es la conclusión de la disertación, Memoria, que es el arte de recordar el discurso entero leyéndolo no de un trozo de papel sino del apposito Locus Memoriae, lugar de la memoria. Desde el momento en que éste es un lenguaje por imágenes, los artículos, preposiciones, adverbios, conexiones lógicas entre las diversas partes del discurso, pueden ser representados solamente por imágenes y por su posición recíproca en el espacio. Dado que ésta es una lengua para pensar, su función principal es la de guiar el pensamiento a un específico resultado -la verdad- que emerge en toda su evidencia al final del proceso. Por esta razón el Inventio no es sólo la búsqueda de un argumento cualquiera a favor de una tesis específica, sino que está del mismo modo ligada a la prueba de su validez lógica.
La
Clavis Magna
Las técnicas antes mencionadas son expuestas en las obras latinas de Giordano Bruno, que él llama en su conjunto Clavis Magna, la gran clave, porque esta enseñanza es la llave que abre el cofre que contiene los tesoros del intelecto, el Nous, como Platón y Aristóteles llamaron a la facultad superior del mente del hombre. Esta obra nos entreabre el significado, hasta ahora fuera de nuestro alcance, de las obras latinas de Bruno. Muchos académicos creeen que la Clavis Magna nunca fue escrita o, en todo caso, se perdió. Al contrario, siempre estuve a su vista con el título de De Imaginum Composizione (1), Sigillus Sigillorum (2), Lampas Triginta Statuarum (3) y algún otro libro que no es necesario citar aquí. El motivo por el cual el autor no quiso dar plena evidencia de su invención está en el hecho de que quería estimular la curiosidad de sus lectores y luego elegir personalmente a los estudiantes que merecían ser iniciados en el Arte de Pensar. Por esta razón declaró haber inventado algo que se podía considerar más grande que el descubrimiento de América, porque es la fuente de ulteriores innumerables invenciones que pueden ser hechas por aquellos que conocen su Inteligencia Artificial.
(1) Traducción italiana publicada con el título: “Il primo libro della Clavis Magna”, Di Renzo Editore, Roma, 1997.
(2) Traducción italiana de próxima publicación con el título: “Il secondo Libro della Clavis Magna”.
(3) Traducción italiana publicada con el título: “Il quarto libro della Clavis Magna”, Di Renzo Editore, Roma, 2002.
La opinión de Ramón G.
Mendoza
Caro Guido,
Perdón que le escriba en español, pero mi italiano no es bueno y pienso que Ud. preferirá una lengua romance a la inglesa y germana. En primer lugar quiero agradecerle la interesante información sobre Bruno que continuamente nos está enviando. Es una obra laudable y muy necesaria para mantener viva la llama tanto de la devoción personal como del entusiasmo profesional académico que sentimos por Bruno.
Respecto al
artículo que nos envía, me parece que el autor tiene toda la razón. A Bruno
no lo condenó la Inquisición por su Copernicanismo, sino por su
Ultracopernicanismo.Un mundo infinito y sin centro, ni siquiera solar, era y
sigue siendo totalmente deletéreo e inaceptable para un edificio dogmático
total y esencialmente antropocéntrico como es y sigue siendo el de la
Iglesia.Mejor que nadie el docto y sagaz Bellarmino lo comprendió demasiado
bien y por eso contribuyó decisivamente a la condenación de Bruno. La otra razón
para la condena de Bruno, que tampoco tiene nada que ver con su alegado
Copernicanismo, es su panteísmo y su menosprecio de Cristo como se hizo
evidente para los Inquisidores después que recibieron el Spaccio
de la bestia trionfante.
Otro error del autor del artículo es la motivación que le atribuye a Bruno para su “peregrinación” por Europa. Bruno buscaba ante todo una cátedra en una universidad donde pudiera enseñar su concepción ultracopernicana del universo infinito y acéntrico y de su revolucionario concepto antiaristotélico de la materia activa y madre fecunda de formas, y en general, terminar para siempre con la tiranía de Aristóteles en las universidades europeas.
En mi opinión, sin embargo, hay todavía un motivo aun más poderoso para los viajes de Bruno. Bruno abrigaba el plan revolucionario de una total inversión de valores en la Europa devastada por las guerras de religión. Creo que, como para Nietzsche, una “Umwertung aller Werte” o transvaluación radical en Europa era el objetivo principal y último de Bruno, y para eso necesitaba una plataforma firme y segura desde donde organizar, ganar adeptos, y lanzar su revolución ideológica. Para eso fue a Wittemberg y Padua, aunque desafortunadamente fracasó, como sabemos, en su intento.
Es lástima que todavía se desconozca tanto a un hombre de la talla de Giordano Bruno. Bruno no es el héroe y símbolo de todos los librepensadores y anticlericales, es algo mucho más grandioso. Es el genio visionario que se anticipó por décadas a sus contemporáneos en la comprensión de que el mundo es infinito y acéntrico y sobre todo fue el gran revolucionario que comprendió, como Nietzsche, la verdadera “follia” de todas las religiones teístas imperantes con sus libros sagrados, fuente constante de la carnicería universal e interminable en que han sumido a la humanidad, y la necesidad urgente de hacer lo que Marx hizo con Hegel, a saber, ponerles los pies donde tienen la cabeza.
Es lástima que el autor de este artículo no haya leído mi libro, porque en él me dedico expresamente y en detalle a demostrar con documentos y, a mi parecer, buenos razonamientos y fuertes argumentos, precisamente los puntos que acabo de señalar. Aunque no me prometo mucho de su cambio de parecer por esa lectura, sí quisiera contribuir en algo a hacerlo consciente de su mala fe.
Sería bueno, mi caro Guido, dada la necesidad urgente de aclarar estos puntos, que añadiera mi libro a la lista de tres que pone en su relevante bibliografía, aunque sé que los que más necesitan leerlo no son aquellos que disfrutan y aprenden tanto de sus correos electrónicos.
De nuevo le expreso mi agradecimiento por su preciosa información sobre todo lo que atañe a Bruno. Lo animo a que continúe su gran “cruzada”, a la que me uno con fervor ultrarreligioso, al grito de “Deus le volt”.
Afectuosamente,
Ramón G. Mendoza
The Acentric
Labyrinth: Giordano Bruno’s Prelude to Contemporary Cosmology
By Ramón G. Mendoza
Publisher: Harper Collins – UK (June 1995)
Pedro Serra (Uruguay)